El mensajero llega hasta la Puerta y piensa que
entonces ha coronado lo más arduo de su misión. Lo siguiente le es ajeno. De
cualquier modo, sabe que no tiene otra opción más que esperar y para eso ha
elegido esperar tranquilo.
Lo siguiente es saber si trae buenas o malas
noticias. Si trae malas noticias de seguro no tardarán en cortarle la cabeza,
pues los habitantes al otro lado de la Puerta prolongan costumbres que ya nadie
toma en cuenta y que, por último, muy pocos recuerdan.
Finalmente, le dejan pasar.
La casa es sencilla y austera. Los techos son altos y
las escaleras que van de un piso a otro largas, empinadas y estrechas. Mientras
recorre los pasillos que llevan a las habitaciones, donde se le ha dicho que
está el Poeta, el mensajero puede ver las sombras estirarse como fantasmas,
como huidizos animales de la selva.
Lo llevan donde el Poeta.
El Poeta está sentado en un sillón y frente a él una
mesita exhibe las primeras ediciones de sus libros; más allá, un aparador
totalmente vacío salvo por un vaso igualmente vacío. Cuando el mensajero se
presenta, el Poeta se levanta y lo abraza dulcemente durante un tiempo que a
más de uno parecería excesivo. Durante un momento, el mensajero piensa que el
Poeta se ha quedado dormido sobre su hombro y ronca, pero no: murmura algo que
no logra comprender, ¿es en francés lo que dice?
Después de un silencio –que al mensajero por su
actitud tranquila no le parece incómodo– saca de su bolso la primera de sus
encomiendas: un libro de color rojo metido dentro de un sobre manila sellado.
En el exterior del sobre ninguna seña, lo que no impide al Poeta anunciar que
conoce exactamente el contenido y luego de dejarlo a un lado, sonreír al
mensajero.
Beben y conversan.
Más precisamente: el Poeta habla y el mensajero se
pierde en el sonido de las palabras y el silencio que hay entre ellas y pronto
su concentración se fija en el vaso vacío del aparador, donde primero ha
aparecido un tallo, luego unas hojas y espinas y finalmente el botón de una
rosa.
El mensajero ve al Poeta, que pasada la media botella
ha empezado a dar claros signos de ebriedad,
rasgar el sobre manila y tomando el libro por la última página arrancar
una por una las hojas y gracias a un movimiento de su brazo que se alza por
detrás de su espalda las hojas salen volando por la ventana abierta de par en
par que está a sus espaldas.
En el rostro del Poeta el mensajero ve dibujarse una
sonrisa.
Más tranquilo que nunca el mensajero dice las
palabras al oído del Poeta y luego hace mutis sin olvidar de llevarse con él el
resto de la botella. Y se larga a recorrer el mundo. Un poco como las hojas del
libro que ahora se elevan por encima de los árboles, un poco como una flecha
que viajara en todas las direcciones.





